Su esposa le está viendo la cara.

Los dedos de Emma golpeaban con suavidad sus rodillas, una y otra vez, mientras el silencio se extendía por la sala con un peso cada vez más difícil de soportar.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Lo único que rompía de vez en cuando aquella quietud eran las respiraciones contenidas y los suspiros de Sienna, que a ratos sonaban impacientes y a ratos tensos.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Nadie había dicho nada desde que se sentaron en el sofá, frente al abogado Ruiz, que seguía inmóvil en la silla, amarrad
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