Somos mejores amigas.
A la mañana siguiente, Emma despertó con un dolor de cabeza insoportable, de esos que no desaparecen con una aspirina.
Por lo mismo, también estaba de mal humor, estresada y con una ansiedad que no hacía más que crecer a medida que avanzaban las horas.
Quería regresar de una vez a París, a su casa, a su trabajo, a ese espacio donde todo volvía a tener orden y donde sentía que podía respirar sin estar a la defensiva a cada segundo.