Killian observaba los cuadros infantiles una vez más, aún con las manos cruzadas detrás de la espalda. Seguía con la misma expresión imperturbable, aunque la presencia de Nadia no dejaba de generar un pequeño desorden en su mente, como una nota discordante en una melodía bien estructurada.
Ella estaba a punto de girarse e irse cuando escuchó la voz de Killian, más baja esta vez, como si lo que estuviera por decir no necesitara testigos.
—Mi madre y mi hermana tenían razón acerca de ti.
Nadia se