La noche cayó sobre Italia con la serenidad de un suspiro. El cielo, despejado y profundo, se desplegaba como un manto de terciopelo oscuro salpicado de estrellas titilantes, mientras la luna colgaba, pálida y quieta, sobre el perfil ondulante de las colinas. El aire fresco traía consigo el aroma sutil y embriagador de los olivos, mezclado con el dulzor terroso de los viñedos que se extendían como un mar verde en la penumbra.
Rowan se subió al coche de los Bellandi y el vehículo se deslizó por