Juan no se inmutó. Se acercó al escritorio de Lorena y de repente extendió la mano. Lorena se sobresaltó y se levantó bruscamente, retrocediendo un paso. Sobre la mesa, un pequeño perro giró sobre sí mismo, soltando un par de ladridos lastimeros antes de sentarse, esperando que Lorena lo recogiera.
—¡Rico! —exclamó Lorena sorprendida.
Rico ladró de nuevo, mirándola con ojos llorosos. Hacía mucho que no la veía y estaba lleno de resentimiento. Lorena lo tomó en brazos y comenzó a acariciarlo. Ric