A Eulogio le amargaban las ganas de hablar.
—¡Ten paciencia! Aguanta más.
Lorena resopló con frialdad y entró directamente.
Mirando el gran salón de la villa ya había bastante gente dentro.
Todos charlaban alegremente.
Lo que le alegró fueron los tres hombres sentados allí, ¡uno de ellos era Estrella, que había estado retransmitiendo en directo la gimnasia por radio ese día!
El enfado de Lorena desapareció al instante sin dejar rastro.
Estrella era un chico ingenuo, con un aspecto tan inocente c