Gemidos y respiraciones entrecortadas, caricias suaves y otras mas bruscas, besos con sabor a miel, piel desnuda que se erizaba al mínimo toque, el choque de alientos cuando la cima era alcanzada, un par de cuerpos que se habían fundido en uno solo. Esa mañana, Emma y Dante habían despertado con hambre del otro, a pesar de haberse amado durante toda la noche. Levantándose, ambos se sonrieron, y es que, en esos momentos, sentían que estaban viviendo su propia versión del paraíso.
El olor a huevo