Oscuridad, quizás, era aquello lo único que había tenido en su vida miserable y completamente mezquina. La luz de la luna se colaba solo un poco entre los barrotes de la celda en la que se hallaba preso, condenado a pagar por todo lo que había hecho en su búsqueda de hacerse con lo que siempre debió de ser suyo.
Acinado en aquella cama sucia, incomoda y fría, Ciacco no escuchaba nada mas que el silencio, y algún grito ocasional de algún preso que peleaba con otro. Estaba asustado, aterrado de l