Maria
El viaje en coche desde el restaurante hasta la villa pareció durar horas. El conductor no dijo nada, y yo tampoco le pedí que lo hiciera. Solo me quedé mirando las barreras de hormigón a lo largo de la autopista pasar parpadeando en la oscuridad, mientras el ritmo constante de los neumáticos contra la carretera me hacía dar vueltas la cabeza. Mis manos todavía me escocían bajo la tela de mis pantalones donde la piel se había raspado con la piedra. Intenté no tocarlas, pero cada vez que e