María
La caja de metal estaba helada contra mis costillas, y el agua fría del tejadillo goteaba directamente sobre la pintura verde hasta que la superficie pareció jade húmedo.
No esperé a que el semáforo de la esquina se pusiera en verde. Me adentré en la avenida; mis botas se hundieron unos diez centímetros en el agua marrón y lodosa que corría sobre los adoquines hacia la alcantarilla central. La lluvia me golpeó la cara como un puñado de grava pequeña, expulsando de mi garganta el olor ranc