La lluvia no paró cuando el reloj del ayuntamiento dio las once. Solo se volvió más densa, transformando la estrecha avenida en un canal gris que olía a azufre viejo y a gasóleo.
No regresé a la torre. Cuando la camioneta de cumplimiento finalmente se detuvo junto al bordillo a las diez y quince para registrar la matrícula del cupé para el fondo de activos, no le entregué las llaves al oficial. Simplemente las dejé colgando de la cerradura de contacto, pasé de largo junto al parachoques delan