María
La puerta industrial del viejo almacén no aislaba del frío. La humedad del suelo de hormigón se había filtrado directamente a través de las rodillas de mis pantalones de lona, dejando dos parches oscuros y punzantes contra mi piel.
Carlos estaba sentado en una caja de madera invertida junto al muelle de carga, con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos y la barbilla apoyada en el cuello húmedo de su camisa. No había hablado desde que entramos desde el callejón. La lluvia seguía