María
El flujo de clientes del almuerzo fue una pesadilla, pero no por los comensales. El comedor estaba solo a la mitad, y el bajo murmullo de los oficinistas locales al tintinear sus tenedores contra la porcelana creaba un contraste extraño con el tic-tac del reloj en la pared.
El mediodía llegó y se fue. Las cuentas de la cocina no se congelaron. Las luces no se cortaron.
—Están ganando tiempo —dijo Emmy, inclinándose sobre la línea de cocina mientras yo emplataba un último pedido de carne e