Carlos
La pesada puerta de metal se cerró con un golpe sordo y definitivo. Me quedé solo en el estrecho callejón, con el calor del mediodía rebotando en las paredes de ladrillo y mi sombra extendiéndose oscura y larga sobre el hormigón agrietado.
No intenté abrir la puerta. No llamé.
Me di la vuelta lentamente y caminé de regreso hacia la calle; mis zapatos de cuero crujían contra la arenilla suelta del pavimento. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Cuando llegué al cupé, abrí la