Carlos Rivera
Observé cómo las luces traseras rojas del coche de Diego se desangraban en la oscuridad de la ciudad, llevándose a María con ellas. Mis manos seguían cerradas en puños, el calor fantasma de su piel permanecía en mis palmas como una marca. Cada instinto protector que poseía me gritaba que los siguiera, que la sacara de ese coche y la alejara del hombre que la veía como nada más que un activo maltratado.
—¿Y bien? ¿Vamos a quedarnos aquí toda la noche admirando el asfalto, o vas a l