María López
El interior del coche de Diego olía a cuero caro y al aroma sofocante de su arrogancia. El silencio no era pacífico; era una cámara presurizada, esperando una sola chispa para mandarnos a ambos al infierno. Diego apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos como el hueso, con los ojos fijos en la carretera con un enfoque aterrador y vidrioso.
No dijo una palabra hasta que entramos en la entrada de la mansión. En el momento en que el motor se detuvo, no se