Maria Lopez
El sol de la mañana se sentía invasivo, filtrándose a través de las ventanas tintadas del auto de Carlos. Yo estaba sentada en el asiento del pasajero, con el cuero caliente contra la parte posterior de mis piernas, sintiendo el peso del cinturón de seguridad como una atadura. Mi mente era un caos borroso de las últimas doce horas.
Miré el perfil de Carlos; su mandíbula estaba tensa y sus ojos fijos firmemente en la carretera. Había insistido en salir de la playa antes de que salier