Carlos Rivera
Las luces fluorescentes de la sala de juntas del hotel se sentían como agujas contra mis ojos. Me recliné en la silla de cuero acolchada, con mi expresión convertida en una máscara de fría indiferencia, aunque mi pulso marcaba un ritmo frenético contra mis costillas.
—Sr. Anthony, felicidades. Somos oficialmente socios comerciales —dije, extendiendo una mano a través de la mesa de caoba.
El rostro de Anthony se transformó de un retrato de ansiedad a uno de puro alivio. Agarró mi m