Carlos Rivera
—Miguel, tráeme una toalla húmeda —ordené.
Me incliné sobre ella, tratando de acomodarla correctamente contra la lujosa tela del sillón. Era como luchar con un fantasma; un segundo su cabeza se balanceaba hacia atrás mientras se quedaba dormida, al siguiente se enderezaba de golpe en medio de un aturdimiento. Estiré la mano, con los dedos temblando ligeramente mientras apartaba un mechón rubio rebelde detrás de su oreja.
Mi mirada se demoró. Recorrí el arco de sus cejas hasta l