Carlos Rivera
Las luces traseras rojas del Lamborghini de Christiano se desangraron en la niebla costera, desvaneciéndose hasta que la noche las tragó por completo. Me quedé solo en la entrada, con mis dedos aplastando el borde de la carpeta de manila. El papel me mordía la palma, pero acepté el dolor.
Antonio de Carpio. El nombre de un detective muerto cosido al rostro de un hombre vivo. Mi piel gritaba ahora —mil pequeñas agujas pinchando mis brazos y mi pecho donde la lluvia me había tocado—