Carlos Rivera
El mensaje era de Christiano. Mi pulso, que había estado golpeando mis tímpanos con un latido rítmico de paranoia, finalmente se ralentizó. Me había estado dejando llevar, preocupándome sin motivo alguno, imaginando asesinos o paparazzi en cada sombra.
Me volví hacia María, que seguía de pie junto a la puerta de la veranda, pareciendo una muñeca de porcelana perdida envuelta en mi lana borgoña de talla grande.
—Pero si encuentro un pequeño espacio, una oportunidad, la tomaré —dije