Alejandro siempre estaba ocupado. O, al menos, esa era la excusa perfecta cada vez que se trataba de volver a casa. En ocasiones cedía y regresaba temprano, sobre todo cuando sus padres lo visitaban y todos compartían la cena en la misma mesa. Valentina se encargaba de todo: los recibía con dulzura, servía con cuidado y cocinaba personalmente los platos que llenaban de aroma el comedor.
Eso fue antes. Antes del accidente.
Nada en aquellas cenas le despertaba nostalgia alguna; más bien lo record