(POV Kyler)
La mesa del despacho privado de Liam no tenía Biblias ni crucifijos; estaba cubierta de expedientes legales, planos de propiedades y una botella de whisky que nadie se atrevía a tocar. Me sentía extraño. La camisa de cuadros me apretaba los hilos y el cuello me picaba sin el alzacuello que me había oprimido durante años. Mis amigos me miraban como si fuera un aparecido, un hombre que acababa de despertar de un coma de cuatro años.
—Tres meses, Kyler —dijo Liam, rompiendo el silencio