(POV Kyler)
La oficina del Monseñor Rodrigo olía a incienso viejo y a madera encerada. Era un olor que solía darme paz, pero que esa tarde me resultaba asfixiante. Las paredes estaban cubiertas de retratos de santos que parecían juzgarme con sus ojos de óleo, mientras yo esperaba sentado frente al escritorio de roble macizo.
Había pasado una noche en vela, mirando el dibujo de la casa de ventanas grandes que Adrián me había dado. La decisión estaba tomada. No podía seguir fingiendo que mi única