62 Vender la dignidad

La respuesta era dolorosa y clara. Sin embargo, jamás se atrevería a decirla en voz alta.

—No lo sé. —Mintió y enseguida cambió de tema. Ahora hablaban de algo tan banal como el clima en la ciudad donde estaba su hermana.

Juliana notó la manera tan abrupta en la que Mía desvió la atención de Adriel Salazar. No dijo nada. Le siguió la corriente.

Pasaron dos días para que Tomás pudiera salir de la prisión preventiva.

Al llegar a casa con la mirada cansada y el cuerpo dolorido, Juliana le contó
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