Las luces del quirófano eran tan blancas que dolían a la vista.
Adriel estaba tendido en la camilla, con la bata verde que dejaba su espalda al descubierto.
—Vamos a comenzar con la sedación ligera, señor Salazar —dijo el anestesiólogo. Acercó la mascarilla—. Cuente hasta diez.
—Uno...
Los párpados le pesaron. El techo comenzó a difuminarse.
—Dos...
Y entonces llegaron las imágenes. No como fragmentos. Completas. Nítidas.
La risa de Mía.
Estaban en la cocina de la mansión. Mía intentaba cocinar