La noche dejó de ser silencio.
Ahora era áspera.
Stephanie permanecía de pie en el patio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Un minuto. Diez. Una eternidad.
El aire frío le calaba los huesos, pero no se movía.
El teléfono seguía pegado a su oído.
Silencio al otro lado.
Y entonces llegó un sonido.
No fuerte.
No abrupto.
Pero suficiente.
Un paso.
Luego otro.
Desde la oscuridad.
Stephanie se tensó.
—Eli… —susurró sin querer.
No hubo respuesta inmediata.
Pero la sombra tomó forma.
Y luego otra.