La paciencia se había terminado.
No fue un impulso.
No fue enojo.
Fue decisión.
Eli abrió los ojos lentamente, sin moverse de su lugar.
—Ya es suficiente.
Su voz no subió.
Pero algo cambió.
El juego había terminado.
Ahora venía lo real.
Tomó el teléfono sin prisa.
Marcó.
No tuvo que esperar mucho.
—Jefe.
—Es momento.
Del otro lado hubo un leve silencio.
—Entendido.
La llamada terminó.
…
Dentro de la casa, todo seguía aparentemente igual.
Los hombres paseaban por los pasillos.
Guardias en sus