La oscuridad no era completa.
Había algo más.
Un eco.
Una sensación que no lograba nombrar.
Stephanie caminaba sin rumbo, descalza, en un espacio que parecía no tener fin. El suelo era frío, casi húmedo. Cada paso resonaba con un sonido hueco que le erizaba la piel.
Miró a su alrededor. Nada.
Solo sombras.
—¿Te sientes tranquila ahora?
La voz la hizo detenerse.
Su corazón dio un salto violento.
—¿Quién está ahí? —preguntó, aunque ya lo sabía.
El silencio duró apenas un segundo.
—¿De verdad nece