Ni una pizca de polvo arruinaba la perfección de la casa Salazar. Desde la puerta de la cocina, la empleada de mediana edad echó un vistazo sutil a la madre de su jefe, la señora Ana, sobre todo a su llanto incontrolable. Pese a eso, su porte seguía impecable, su reloj costoso en la muñeca y su vestido abajo de la rodilla color crema elegante. Una señora mayor de esa que ves en revistas de alta sociedad.
La mujer había regresado de Brasil y lo primero que encontró fue a su hija nada contenta p