―¿Eres virgen? ―repitió ante mi silencio.
Solo podía pensar en mi adolorida vagina y la rara sensación que dejó ante su salida de mi canal.
―Erika, ¿eres…?
―¡Joder, sí! ―dije histérica.
Mi mente estaba ocupada con el hecho de que me dejé lastimar para saber cómo se sentía ser penetrada.
El rostro de Derek fue de la confusión a la emoción. Las comisuras de su boca se levantaron. Me ofreció una sonrisa genuina, la más sincera que he visto hasta ahora. Algo parecido al alivio cruzó su rostro.
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