Los ojos de Valeria se abrieron enormes, estaba muy asustada.
Sintió el toque de Rafael; era demasiado caliente.
—Yo…
—¿Tú? ¿Qué?
Ella titubeó, sintió que estaban tan cerca.
—¡Yo no soy una traidora! —dijo con miedo en su mirada
Rafael soltó su rostro, la mirò con ojos severos.
—¡Mientes! No me mientas, porque trajiste a gente a casa.
Ella le miró incrédula.
—¡Yo no he hecho eso! ¿Quién te dijo eso?
Rafael estaba furioso.
—No me mientas.
—Juro, que no miento, señor González, ¿por qué no me cree?