Las manos de Elisa temblaron cuando él quitó el protector de la hoja filosa de esa daga.
—¡Mátame, arráncame el corazón como querías! Hazlo, si crees que el culpable soy yo.
—¡Estás loco!
—¿Loco? Sì, tú me volviste loco, porque no era necesario todo esto.
—¿No? Me arrebataron mi vida, ¿y no era necesario?
—¡No lo era! —exclamó Leander, luego su mano acarició su rostro con suavidad—. No era necesario que me llevaras hasta aquí; tu amor y tus mentiras, no era necesario que me fingieras amor, porqu