El doctor apareció casi al amanecer, El abuelo y Ana se levantaron. Gustavo fue hasta ahí.
—¿Cómo está mi hija?
—Mañana se le hará otra operación, por ahora, aunque está grave, está estable, pero el peligro no ha pasado, la herida perforó un pulmón, estamos haciendo todo lo posible por salvarla.
Ana sollozó, y Gustavo la abrazó.
El abuelo bajó la mirada atormentada.
La doctora se fue.
—¡Suelta a mi nieta, Gustavo!
El hombre obedeció.
—Vas a decirme ahora mismo, todo lo que pasó, déjanos a solas,