Los ojos de Leander miraban por la ventana, de pronto no pudo más. Una desesperación lo atormentaba.
—¡Detén el maldito auto! —gritó
El chofer frenó en medio del camino.
El abuelo le mirò incrédulo.
—¿Leander?
Leander bajò del auto y su abuelo bajó detrás con lentitud.
—¡Leander Moctezuma!
Èl se detuvo.
—¡No puedo dejarla ahí!
—¡Es una asesina!
Leander le mirò, con ojos enrojecidos, negó.
—¡No puedo!
El abuelo maldijo en voz baja, pero conocía bien a Leander como a la palma de su mano.
—Entonc