Ana estaba tan triste, caminaba sin rumbo, debía llegar a la estación de taxis, y de ahí iría al departamento de soltero de Leander, esperando encontrarlo ahí.
Observó un auto, que se acercò a ella, bajaron la ventanilla y eran dos hombres.
—¿Por qué tan solita? Súbete, cariño, te llevamos a donde quieras.
Ana tuvo miedo, no estaba acostumbrada a ir por las calles, menos a altas horas de la noche, y sin guardias o sin chofer, menos a pie.
—No, gracias.
Ella intentó caminar màs rápido, pero evide