La llamada llegó a las ocho de la mañana.
Nathan estaba de pie frente a la estufa con el delantal atado y la cuchara de madera en la mano. El caldo llevaba cuarenta minutos en el fuego. El pollo, dos muslos y un contramuslo que había sacado de la nevera sin un plan concreto, flotaba en agua que hervía demasiado fuerte para ser caldo y demasiado despacio para ser otra cosa.
Desbloqueó el teléfono con el pulgar.
—Papá. ¿Es verdad que anoche intentaste hacer caldo de pollo solo y usaste agua fría?