Sophie llamó un domingo de mayo a las seis de la tarde, hora de Madrid.
En Manhattan eran las doce del mediodía. Nathan estaba en el parque. El mayo de Nueva York tenía la calidad específica del mes que sabe que es breve: demasiado bueno para durar, demasiado consciente de que junio viene con otra temperatura y otra urgencia. Nathan caminaba por el sendero del estanque con el sol en la cara y el teléfono en el bolsillo cuando sintió la vibración.
Contestó sin salir del parque.
—Hola, papá.
—Hol