El verano llegó sin anuncio.
Así era siempre en Manhattan: un día el frío de la mañana todavía requería el abrigo y al día siguiente el calor ya era la condición del día. Sin transición visible. Sin el prólogo de la primavera que en otras ciudades dura semanas. Solo el aire que cambiaba de temperatura de una mañana a otra y la ciudad que no lo comentaba porque la ciudad nunca comentaba lo que era simplemente el estado natural de las cosas.
Nathan lo notó en la ventana del penthouse un lunes de