El despacho de la editora en Manhattan olía a papel impreso, cuero caro y ambición antigua.
Evelyn estaba sentada en la silla de diseño frente al escritorio de caoba. Su postura era relajada, pero sus ojos brillaban con una intensidad renovada.
—Voy a escribir algo diferente a todo lo anterior —dijo Evelyn, cruzando las piernas.
La editora, una mujer de sesenta años que había visto nacer y morir docenas de carreras literarias, detuvo su pluma sobre un contrato. Alzó la vista.
—¿Diferente cómo?