El olor era el primer indicador.
No olía a humo. No olía a almidón quemado pegado al fondo de una olla de acero inoxidable. Olía a mantequilla dorada, a caldo de pollo reducido y a queso parmesano curado derritiéndose lentamente.
Después de veinte años de intento, Nathan consigue el risotto. Un martes cualquiera.
La cocina del penthouse estaba iluminada por la pálida luz de la tarde neoyorquina. Nathan llevaba una camisa remangada hasta los codos, el delantal atado a la cintura y la frente perl