Los días siguieron su curso. Sin estruendos, sin sangre, sin amenazas visibles. Llegaron, más bien, colmados de una calma inquietante.
Esa clase de calma que no tranquiliza, sino que te mantiene atento.
Durante los primeros días, la casa permaneció en un estado extraño: activa, vigilante, expectante. Los hombres entraban y salían, los pasillos nunca estaban vacíos del todo, y aun así, había silencios demasiado largos, miradas que se sostenían más de lo necesario, conversaciones que se interrump