Los días siguieron su curso. Sin estruendos, sin sangre, sin amenazas visibles. Llegaron, más bien, colmados de una calma inquietante.
Esa clase de calma que no tranquiliza, sino que te mantiene atento.
Durante los primeros días, la casa permaneció en un estado extraño: activa, vigilante, expectante. Los hombres entraban y salían, los pasillos nunca estaban vacíos del todo, y aun así, había silencios demasiado largos, miradas que se sostenían más de lo necesario, conversaciones que se interrumpían cuando alguien más cruzaba la estancia.
Erika lo sentía en la piel.
No era miedo. Era intuición.
Takeshi, por su parte, pasaba gran parte del tiempo entre reposo forzado y breves reuniones. El médico había sido claro: las suturas externas cerraban bien, pero el verdadero peligro estaba dentro.
—No juegues a ser invencible —le había dicho—. No lo eres.
A regañadientes, Takeshi obedecía. No por disciplina médica, sino porque Erika se lo exigía con la mirada.
—No me mires así —gruñó una tarde,