En una casa segura en Tokio, el aire olía a café quemado, sudor, vendajes y mapas abiertos.
Svetlana estaba de pie frente a una mesa abarrotada de planos, fotografías aéreas y capturas de cámaras de seguridad. La luz blanca del techo le marcaba los pómulos afilados. No había dormido. Ni tenía intención de hacerlo.
Asgeir, a su lado, sostenía un bolígrafo que se movía de un punto a otro del mapa, trazando rutas posibles, descartando otras.
En un sillón al fondo, Alexei tenía la pierna vendada y a