Tokio no dormía, pero por un momento parecía quieta. Desde la ventana del cuarto de Takeshi se veía apenas una sutil línea de neón en la distancia, respirando a intervalos. El resto era penumbra: una ciudad conteniendo el aire antes de un terremoto.
Había tres relojes avanzando al mismo tiempo, solo que nadie lo sabía todavía.
Uno, clavado en el costado de Takeshi, contando los latidos que su cuerpo podía seguir soportando antes de volver a abrirse.
Otro, en Calabria, marcando las setenta y dos