La lámpara colgaba del techo, lanzando un círculo de luz titilante sobre el suelo de cemento. El resto de la habitación era sombra: paredes de hormigón sin pintar, humedad incrustada, olor a metal y sudor viejo. Marco había perdido la cuenta de cuántas horas llevaba allí. O días. El tiempo se medía en latidos y en el dolor impreciso de los músculos entumecidos.
Las muñeca le ardía (sí, una sola, porque carecía de una mano) donde la correa de cuero se clavaba en la piel. Se había movido, había pr