Svetlana estaba de pie junto a la ventana. Miraba la ciudad sin verla, los brazos cruzados sobre el pecho, el cabello recogido en una trenza apretada que le tiraba de las sienes. La mandíbula dura, los ojos claros, vacíos de lágrima. Asgeir, apoyado en la pared opuesta, revisaba por enésima vez el mapa digital desplegado en la tablet: autopistas, puentes, cámaras urbanas, posibles rutas de escape.
Las voces llegaron primero. Luego, el golpe apresurado de pasos en el pasillo.
La puerta se abrió