La lluvia golpeaba los ventanales como un metrónomo discreto. La casa segura estaba en Minato, en una calle secundaria, detrás de un portón anónimo y un garaje con puertas de acero. Habían llegado hacía pocas horas en un vuelo privado que tocó pista a medianoche (Hora local). Dos autos sin distintivos los recogieron en Haneda y los dejaron allí, en esa propiedad silenciosa prestada por viejos aliados que nunca se llevaron bien con la Yakuza. Nada de logos, nada de recuerdos en las paredes: sólo