Erika tenía el cuaderno abierto sobre las piernas y el lápiz sostenido entre los dedos, pero llevaba varios minutos sin escribir nada. La luz suave de la tarde entraba por la ventana, filtrándose entre las cortinas de tela clara y dibujando líneas cálidas sobre el tatami.
Se obligó a escribir algo. Palabras sueltas. Sin orden.
Intentaba concentrarse. De verdad lo intentaba.
Pero su cabeza volvía una y otra vez a lo mismo.
A él.
Recordó sus ojos. Negros. Profundos. Inquietantes, pero no fríos. R