Las pantallas empotradas mostraban rutas, matrículas, bultos de números; hombres y mujeres entraban y salían en silencio, con ese ritmo de hormiguero que tiene el poder cuando nadie quiere estorbar. Pero el murmullo iba por debajo, cosiendo esquinas.
—Es demasiado joven —susurró Nishimura, uno de los jefes de depósito, apoyando el codo en una columna—. Un título así pide canas.
—La edad no pesa si la mano es firme —replicó Ichikawa, sin dejar de revisar una planilla—. Hitoshi no era sentimental