La noche comenzaba a caer sobre Reggio Calabria. En el despacho principal, con sus columnas de mármol blanco y el enorme ventanal que daba a los jardines, se respiraba una mezcla de incienso sutil y el perfume amaderado del licor caro. La brisa movía levemente las cortinas, y una bandeja con sobres color marfil descansaba sobre la mesa de roble pulido.
—Las invitaciones ya están listas —anunció Fabrizzio al entrar, colocándolas con cuidado—. Se enviarán a primera hora de mañana.
Dante alzó la m